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BLOG DE CRÍTICA Y REFLEXIÓN SOBRE ARTE Y ACTUALIDAD CULTURAL
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jueves, 13 de junio de 2019

DONALD MCCULLIN, EL DURO TESTIMONIO DE LA GUERRA


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“Crecí en la ignorancia, la pobreza y el fanatismo totales, y esto ha sido para mí una carga durante toda mi vida. Me han manipulado y he manipulado a otros, fotografiando el sufrimiento y la miseria. Soy culpable en ambas direcciones: culpable porque podía caminar hacia otro lado mientras ese hombre moría de hambre o era asesinado con un arma. Estoy cansado de la culpa, cansado de decirme a mí mismo: no maté a ese hombre en esa fotografía, yo no maté de hambre a ese niño.”

En el mundo existen múltiples realidades contrapuestas, polos que diagraman escenas a ritmo de palacios y cuerdas flojas. Son los contrapuntos de la abundancia y de la carencia, del placer y del dolor, de la profesión y de los propios principios, un cosmos que se baraja y se agrieta lentamente dentro desde su propia esencia. Es mundo incomprensible, un motor loco cuya dinámica insana no para de girar. Es el escenario duro de las guerras, el hambre, las miserias, las torturas o la degradación, como constantes de la humanidad, ese libro gigantesco escrito con el daño y la sangre, el odio y las pasiones, las conquistas y los sufrimientos. Gracias a la labor de estos integrantes de la Humanidad, el mundo hoy en día es consciente de ciertos hechos, de momentos donde se exhala el hedor de la finitud o el perfume del abuso o la consternación. Es la intensa labor de profesionales que anteponen el riesgo por idea, seres que a cada segundo deben construirse a sí mismos, sin importarles perder la vida, exponerse a enfermedades, permanecer forzosamente impasibles al dolor ajeno, aunque interiormente lleven la sangre hirviendo y la piel reseca por la aridez de los sistemas. Es la vida de los reporteros gráficos, aunque no todos llegan a viejos para contar sus historias. Es la parte de los productores y realizadores.


En la otra parte de la cruda realidad están los otros, los que sufren en propias carnes las injusticias de este mundo, las decisiones que generan los conflictos y las carencias. Son las los seres humanos que mueren olvidados entre el polvo y las astillas, entre las balas y esqueletos, junto a restos de basura y plagados de enfermedades y de insectos. Son los seres que deambulan perdidos en un mundo que, por desgracia, les ha puesto en el lado oscuro de la vida. Es el lugar donde los suspiros marcan los gestos que detienen la vida y sesgan toda esperanza. Nadie sabe los porqués pero si las razones. El ser humano es un depredador muy peligroso y el reportero de guerra lo sabe, mejor que nadie. Los seres humanos no son números ni marionetas, son almas que han tenido la mala suerte de cruzarse en caminos de sufrimiento destruyendo todos sus sueños.

Entre ambos polos se alza la imagen registrada, la foto que eterniza lo que el ojo humano ve y llora, ese instante donde la realidad se convierte en la mejor icono de “World Press” o en la “cover” de algún “mass media” de gran tirada. La plasmación de esta imagen puede suponer la conquista de la fama o el inicio de una caída, un extraño dualismo que hace del fotógrafo un ser único e imprescindible, un puente infatigable entre dos polos extremos.


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“Cuando uno empieza a cubrir guerras, todo es muy excitante. Uno no se plantea cuestiones morales. Pero a medida que desarrolla su trabajo, a medida que ves matar a niños o que los ves agonizar, las cosas se vuelven horribles y entonces surgen los cuestionamientos. Cuando fui a Vietnam, todo me resultaba excitante: las bombas, la selva, los paracaídas, los helicópteros, las explosiones. Era Hollywood. “Apocalypse Now”. Estuve allí doce días. Cuando me fui, parecía tan loco como los soldados norteamericanos que había fotografiado. Y me preguntaba: ¿qué tiene esto que ver con la fotografía?”

Don McCullin  es un grandísimo representante de estos dos contrastes, un profesional inmenso que tras consagrar parte de su vida al fotoperiodismo extremo, un día decidió apartarse de la barbarie bélica donde la fina ley de la supervivencia parece no importarle a nadie. McCullin nació el 9 de octubre de 1935 en Finsbury Park, Londres, uno de los barrios de la capital inglesa más duros y todavía en ruinas a consecuencia de los bombardeos alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Sus orígenes humildes no le impidieron sin embargo llegar a convertirse en uno de los mejores fotógrafos de guerra de la historia. Su espíritu le condujo prontamente a mostrar las capas más bajas y desgraciadas de la sociedad: parados, pobres y marginados, llegando a escenificar los lados más dramáticos de las ciudades y sus duras realidades.

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“Mi carrera se inició y se alimentó de violencia. Uno de los chicos que formaban parte de mi grupo se enfrentó a una banda de muchachos. Llegó la policía para separarlos y alguien mató a mi amigo con un cuchillo. Yo había tomado fotos como amateur de ese grupo de amigos, entre los que estaba el asesinado, y entonces las llevé a un diario muy famoso, “The Observer”. Eso sucedía en 1958. Unas semanas después publicaron media página con mis imágenes. Y, al día siguiente, me ofrecieron un trabajo. Era algo increíble. No sabía nada de fotografía.”



Poco a poco fue tejiéndose su alma de reportero de riesgo, dejando la crudeza de las calles para adentrarse en el oscuro mundo de la guerra y sus consecuencias. Retrató Chipre, Vietnam, el Líbano y Afganistán. Fue apresado y conoció el horror de las cárceles de Idi Amin, el dictador militar y tercer presidente de Uganda dejando en una huella imborrable: “Cuando voy a una guerra, siempre leo todos los informes y los libros sobre los problemas que la generaron. Pero cuando se llega a los lugares de combate, es imposible actuar con una mente abierta porque las atrocidades que uno ve, hacen que te inclines por los que han sido agredidos o invadidos, por los débiles”.

“Estaba en Beirut y vi cómo una bomba caía sobre una casa y la destruía por completo. En la calle, había una mujer, la propietaria. Delante de sus ojos, en un segundo, había visto desaparecer todas sus posesiones, lo que había levantado en toda una vida. Yo alcé mi cámara y tomé una fotografía de ella frente a las ruinas. La mujer se dio cuenta. Vino hacía mí y me empezó a pegar. Me pegaba y me pegaba. Yo no me defendía. No tenía derecho de hacerlo. Esa foto conmovedora, por la que me pagarían mucho, la había conseguido gracias a ese hogar reducido a cenizas. Volví al hotel. Me decía: “Estoy harto de este trabajo”. Fui al café a tomar algo para recuperarme. Y, al rato, apareció un amigo y me dijo: “¿Sabes una cosa?” y yo le respondí: “No me molestes”. Y él continuó: “La mujer que te pegó, la mujer a la que le destruyeron la casa, acaba de ser matada por una bomba”. Regresé a Inglaterra. Desde entonces no fui el mismo. En diez años no volví a tomar fotos de guerra. No creo que vuelva a hacerlo. Estoy harto de la fealdad y del horror de las guerras.”


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Durante el servicio militar estuvo en la “Real Air Force” británica (RAF) y más tarde en la crisis del Canal de Suez (1956) donde trabajó como asistente de fotografía. Entre 1966 y 1984, trabajó como corresponsal de ultramar para el “Sunday Times Magazine”, registrando catástrofes ecológicas creadas por el hombre, como la Guerra de Biafra (1968) y las víctimas del SIDA en África. También cubrió la guerra del Vietnam y el conflicto de Irlanda del Norte. En 1968, su cámara Nikon paró una bala que iba dirigida a él, salvándole la vida. Es el autor de numerosos libros y premios: “World Press Photo Award” (1964), “Warsaw Gold Medal” (1964), “Order of The British Empire Medal” (1993), “Cornell Capa Award” (2006), entre muchos más. Profundamente marcado por las experiencias vividas como reportero de guerra, los últimos trabajos fotográficos de McCullin se alejaron por completo del drama humano, del horror de este siglo. Necesitaba desconectar. Desde hace tiempo ha preferido viajar y fotografiar las ciudades perdidas del pasado, como las urbes romanas del Magreb y Oriente Próximo: Líbano (Baalbek y Tiro), Siria (Palmira, Bosra y Damasco), Jordania (Jerasa), Marruecos (Bolubilis), Argelia (Djemila), Túnez (Dugga, Cartago, El Djem) y Libia (la ciudades de la Tripolitania, sobre todo la impresionante Leptis Magna). Las imágenes de McCullin descubren matices de luz y sombra que arrastran al espectador hacia un pasado imaginario que le sitúa entre la grandeza milenaria de los antiguos imperios del mundo.



Carlos Flaqué Monllonch

viernes, 19 de enero de 2018

LAS PEQUEÑAS MUERTES DE BROOKE SHADEN



Brooke Shaden es una jovencísima y excelente fotógrafa norteamericana que nació en Lancaster, la ciudad de la Rosa Roja, Pensilvania, USA. Ese mágico lugar cautivó muy pronto su exquisita sensibilidad para eternizar los sentimientos de la naturaleza y del alma humana, especialmente, el mundo de la sensibilidad femenina. Su impresionante trabajo es una extensa enciclopedia de fotografía psicológica, donde la imaginación y los conceptos se entremezclan con una depurada técnica para elaborar sublimes poemas gráficos, un cosmos impactante de significados existenciales que erizan la sensibilidad hacia extremos imposibles.

Sus imágenes se registran como resultado de sesiones fotográficas previamente conceptuadas, poniendo una especial atención en el tratamiento posterior de la toma y del procesamiento. Su intención es diseñar, registrar y transmitir las emociones más intensas que se agitan en el interior del ser humano, emociones tristes que golpean y azotan las entrañas que ella misma denomina “Pequeñas Muertes”.





Básicamente a Brooke Shaden le gusta fotografiar sus mundos bajo formatos cuadrados. Este marcado espacio de líneas iguales, le permite compactar y transmitir una sensación de estabilidad, serenidad y solidez  muy especiales que refuerzan su propio mundo de significados.

“Hago casi todas mis fotografías en mi apartamento,
lo que suele resultar bastante difícil pues solo tengo una habitación, además de una pequeña cocina y un cuarto de baño. Por suerte para mí, tengo una pared blanca y algo de luz solar”

Sus modelos apenas revelan sus rostros; eso confiere un aura de misterio y dolor en todos los seres vivos que aparecen en sus historias. Sus figuras modeladas son casi siempre damas en estado de caída, ninfas que florecen y decaen como presas en sus propios estados de ánimo o bajo las influencias externas. Rara vez incorpora elementos masculinos, probablemente porque los considere anti símbolos de la vida y de la sensibilidad. Su tendencia a lo femenino deambula como una geografía flotante que se encaja en las evoluciones de diversos espacios sensitivos. Asimismo esta feminidad representa distintos espejos de vida que reflejan el universo oculto de las almas anímicamente “tocadas”. Suspensiones, cuerdas, mariposas, pájaros, líquidos, paraguas, raíces, hojas, flores, frascos, jaulas… constituyen algunos de los elementos más habituales en sus posados femeninos.






“Creo que existe una verdadera belleza en el sufrimiento,
en la historia que lo acompaña”

Brooke Shaden suele trabajar con el autorretrato psicológico, entendido este como una forma directa de situarse en el interior de los mundos en los que desea vivir, universos herméticos, llenos de pulsaciones y experiencias personales y ajenas, escondidas pero que flotan inertes en la espesura interna de la intemperie agresiva, esperando ser liberados. Su ser interviene como un símbolo de desconsuelo femenino más que como figura física. De ahí que “Pequeñas Muertes” sea una de sus series más impactantes, pues en ella se sintetiza una marcada fusión entre la angustia del ser y la belleza de su esencia física.

Shaden se inició en la fotografía a finales de 2008, cuando se graduó en la Universidad de Temple con una licenciatura en Cinematografía e inglés. Muy prontamente empezó a publicar sus trabajos en Flickr. Su intención era transmitir las fuertes emociones que impregnan la vida de una mujer, fotografiar su mundo interno y hacer imágenes hermosas que los demás encontraban turbadoras.

“El objetivo de la fotografía es hacer que las cosas que los demás encuentran inquietantes y duras sean hermosas”

Su impresionante portafolio nos demuestra cómo la imaginación y el esfuerzo pueden ser las mejores herramientas para crear un trabajo lleno de significados y como mujer de artes, nos demuestra su pasión por la poesía y todo lo que implica una profunda narrativa visual.





“Desde pequeña he sido una chica muy conectada con la naturaleza. Crecí al aire libre por lo que uno de mis recuerdos más felices era cazando a punta de flecha con mi padre, jugando en el patio o haciendo fortines en los árboles. Siempre he tenido una gran imaginación. Quería ser escritora, luego cineasta y finalmente me convertí en fotógrafa. Esto ocurrió en diciembre de 2008. Me acababa de graduar de la universidad y había creado un cortometraje que resultó “menos que perfecto”. En es e tiempo me estaba preparando para mudarme a Los Ángeles con el objetivo de hacer cine. Entonces, recibí la llamada de un amigo que me enseñó Flickr y me sugirió que apostara por la fotografía. Desde que tuve algo de tiempo, me decidí a seguir adelante con ella. 



En aquél entonces ya tenía mi cámara digital… Creo que crear un estilo es lo más importante para que un fotógrafo sea diferente al resto; es algo que nace y evoluciona con la propia persona. Cuando dependes de ti mismo es crucial tener una rutina, una jornada de todo, así es que estoy a menudo hurgando n tiendas de segunda mano para seleccionar aquello que pueda servir para construir una buena escenografía. Siempre he estado fascinada por la vida y la muerte, y específicamente por la oportunidad de retratar la vida por la muerte y la muerte por la vida. Si hay un mensaje sólido que se ejecuta a través de mi trabajo, es cuestionar lo que significa estar vivo y con ello nuestros deseos más ocultos. Trabajo desde hace tiempo con varios que se han convertido en amigos cercanos y han tenido que hacer cosas muy extrañas para que pueda hacer un buen disparo. Los encontré a todos por casualidad. Mi idea es presentar fotografías de un modo más pictográfico. Uso Photoshop no sólo para añadir misterio, intriga y especificidad a mis imágenes, sino también para crear el formato cuadrado y construir un marco a partir de la combinación de varias imágenes”.




Brooke Shaden es arte oscuro puro, un microcosmos que permite a los espectadores hacer volar su imaginación, conduciéndolos al mundo de los ensueños o las inquietudes internas. La forma de posicionar las modelos remarca ya la belleza natural del cuerpo femenino junto a una expresividad emotiva que emana de su interior. Son imágenes que denotan los azaramientos que configuran y amenazan la psique de la mujer, la incomunicación, el aislamiento, el miedo, la quiebra moral, las fantasías, los anhelos, la pasión, la delicadeza, la inteligencia, la intuición…

Lo más sorprendente de las imágenes de Brooke Shaden sea quizás su ímpetu por los detalles y su forma de explorar los sentimientos y miedos de la mujer, usando una variedad de técnicas para crear diversos estados de ingravidez y levitación. Esta técnica, que luego se perfeccionó en Adobe Photoshop, permite la ilusión de que el modelo esté flotando en el aire. Este procedimiento ha llevado a Brooke a la creación de fotografías bajo el agua, desafiando todo tipo de dificultades.

“Creo que el marco cuadrado permite al espectador asistir
al nacimiento de un nuevo mundo, en lugar de ver una fotografía
con la relación de aspecto fotográfico típico”



Brooke opina que la fotografía debe contar historias, devenires entre un ir y volver, ciclos vitales que nacen y mueren misteriosamente en un espacio y tiempo determinados, algo así como una especie de catarsis psicoanalítica entre la muerte del ser y su renacimiento. Es un artista que inhala todo el proceso del ser.

“Creo que crear un estilo es lo más importante para que un fotógrafo  sea diferente al resto; es algo que nace y evoluciona con la propia persona. Cuando dependes de ti mismo es crucial tener una rutina, una jornada de trabajo completa. Por eso me gusta despertar a una hora decente, alrededor de las 7 am. Me interesa mantenerme al día para tener una actividad fluida así es que parto revisando mi correo. En el trayecto aprovecho de buscar nuevos lugares para disparar. Por lo general, las tardes y las noches, las tengo reservadas para sesiones fotográficas y prop-making. Luego me voy como una niña temprano a la cama, y a menudo puedes encontrarme trabajando hasta entonces… Es el precio de amar lo que haces”

Brooke Shaden siempre he tenido una intensa fascinación hacia el arte oscuro. Para ella la oscuridad es algo que forma parte de la vida diaria porque permite trascender el espectro normal de la realidad y llegar a un mejor conocimiento de nuestra esencia. Sin embargo, nuestra cultura nos muestra un temor infundado a la muerte o a los estados de melancolía o caída. No deberíamos temer estas sensaciones y procesos, tenerles miedo contradice nuestras creencias. Las religiones nos inculcan que tras la vida, la muerte permite alcanzar el máximo estado de gloria, porque nos libera de la esclavitud de la diaria realidad y nos fusiona con la esencia de los eterno y divino. Sin embargo tenemos miedo y asociamos todo ello al horror y la pérdida.



Para Brooke Shaden la oscuridad es pues algo que muchas personas evitan ya que obliga a cuestionar cosas que a menudo no se quieren pensar. Pero conocer el final de la vida nos libera de muchos temores.  Regresar a la profundidad de lo originalmente intangible. Quizás por ello Brooke Shaden es una amante de la fotografía subacuática porque le permite acceder a un mundo desconocido para la gran mayoría de personas, a una especie de inmersión maternal. Shaden ama jugar con el tiempo y sus límites y la sumersión liquida del ser le permite manipular esta variable. Los espacios líquidos no permiten a los seres humanos existir durante largos períodos de tiempo, sin embargo, la fotografía permite detener este instante cero permitiendo estar sumergido toda la eternidad. Es un momento de máxima expresión ya que los elementos líquidos representan la oscuridad y el misterio, la vida y la muerte, el principio y el fin, la tesis y antítesis siguiendo la filosofía dialéctica de Hegel.



Carlos Flaqué Monllonch

viernes, 30 de diciembre de 2016

FRANCESCA WOODMAN GEOMETRÍAS INTERIORES DESORDENADAS



Un día gris decidió arrojarse por la ventana y eternizar su paso por esta vida con un último retrato. Tenía tan sólo 23 años y el acto de su muerte, extraña e intencionada, es lo primero que la gente conoce cuando se habla de ella y se contempla su obra. Pero los tan sólo 800 negativos que conforman el legado artístico de Francesca Woodman, están celosamente guardados y administrados por sus padres, George Woodman y Betty Woodmanhan, con el fin de poder componer un día el extraño círculo de sus bellas imperfecciones fotográficas, un misterio que aún permanece sin desvelar. Esta es su breve historia.

Un día de 1979 Francesca Woodman decidió trasladarse a New York para iniciar su carrera fotográfica, pero sus esfuerzos no se vieron recompensados. Este hecho es una constante que suele aparecer en muchos fotógrafos o artistas que intentan meterse en el estrecho círculo del reconocimiento artístico.

Francesca nació en Denver, Colorado un 3 de abril de 1958. Debido a su constante fracaso en el mundo comercial de la imagen y a una rotura sentimental, entró en un profundo derrumbe emocional y el 19 de enero de 1981 dijo adiós a la vida arrojándose por una ventana del Lower East Side de Manhattan. Aquella fría y solitaria noche todavía sigue envuelta en el misterio. Antes de suicidarse escribió una carta a un amigo de la escuela, Sloan Rankin…. Estas fueron sus últimas palabras:

Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas.

Este dato es de los pocos que se conocen sobre la biografía de esta fotógrafa americana, considerada por muchos como una artista de culto que en vida sólo tuvo participación en una exposición colectiva siendo su primera exposición importante en el año 1986 (en el Wellesley College Museum), cinco años después de su muerte.

Su trabajo consiste mayoritariamente en retratos de mujeres en blanco y negro, siendo ella misma la modelo en muchas ocasiones. El cuerpo femenino fue uno de los temas centrales de su investigación fotográfica, considerándolo como un organismo que se transfigura psicológicamente entre ambientes insólitos y analíticas descriptivas perturbadas. Las figuras humanas aparecen borrosas, como si quisieran marchar de la escena pero dejan su rastro, otras andan perdidas en la sombra, entre salas invadidas por el deterioro. Son escenarios que recuerdan espacios alejados en el olvido pero ella amaba ubicar su trabajo en estas delimitaciones, especialmente en Rhode Island, una geografía clásica rodeada de viejas mansiones victorianas y fábricas abandonadas. Eran sus lugares de refugio, de liberación, de intimidad, trazos espacio-temporales donde plasmaba los contextos gráficos que corrían por sus neuronas.

Un día más desperté sola en estas sillas blancas. Un instante entre muchos, una transición hacia otra historia. Todo lo demás es un universo sugerido. Un cuento misterioso y evocador. Fin de la historia.

Para Francesca Woodman el formato “libro” fue su medio de trabajo preferido para publicar. Como sus fotos pasaban desapercibidas en las galerías, sobre todo si tenían que competir con las grandes murales de imágenes de moda y famosos, ella misma diseñó sus pequeños libros para recoger sus fotografías. Desgraciadamente, sólo se publicó uno de ellos: Algunas geometrías interiores desordenadas, en 1981, el mismo año que se suicidó.

Desde los trece años Francesca había desnudado sus inquietudes ante la cámara. A pesar de su talento, nunca llegó a ganarse la vida como fotógrafa. Era una artista decadente, marcada por la tortura interior, maldita por los medios de la hipocresía comercial, que solo ve el arte concebido de una manera determinada. Su universo estaba hecho de trozos de sí misma que se iban reconstruyendo dentro del inmenso espacio gráfico de su existencia.

Un día más desperté sola en estas sillas blancas. Un instante entre muchos, una transición hacia otra historia. Todo lo demás es un universo sugerido. Un cuento misterioso y evocador. Fin de la historia.

Si bien sus imágenes revelan una fascinación estética por la muerte, la soledad y la decadencia, materializadas en casas decrépitas, flores secas y paredes estropeadas, sus fotografías no sólo se mantienen ajenas a la desesperación que prefija un suicidio, sino que rezuman vitalidad, energía, poder y ansia de experimentación. Es una dualidad contrapuesta que esconde al ser que yace en ella.

Francesca casi nunca enseñó el rostro en sus autorretratos pero experimentó constantemente con su cuerpo desnudo. A veces se miraba con los ojos de una mujer y otras con el deseo de un hombre, pero nunca soportó estar fuera del encuadre. Sus fotografías son pues, secretamente femeninas, sensuales, intensas, dramáticas y desesperadas. Parecen tejer un mundo deliberadamente enigmático que le ha construido la fama de fotógrafa con aura maldita: Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi mente.

Su atmósfera se destaca por crear y reflejar un búnker psicológico que cierra muchas puertas sobre su ser, pero que transmuta como pistas emotivas que se reconstruyen como pequeñas historias de un espacio intransitable, donde nadie cabe excepto ella misma. No se trata ni de qué ni de quién aparece en la fotografía, sino de plasmar cómo se desenvuelve en ella dentro de la misma.

Sus fotografías obtienen un relieve intrínseco, biogenésico que se proyecta hacia cada espectador a modo de una capsula hermética. Al contemplar sus trabajos viajamos al interior del alma, un viaje donde se puede volver una y otra vez para encontrar nuevos resquicios inagotables, detalles y formas, no percibidos anteriormente en sus fotografías. Es por ello que son imágenes de ida y vuelta, de repetidas lecturas e interpretaciones, como si se tratara de ideas gráficas violentas de las cuales es muy difícil salir. Su obra pues es un viaje hipnótico a una realidad atrapante, desde cualquier punto de partida, a un tiempo sincrónico, a un espacio sereno y decaído, que a ratos parece congelado, ajeno a la vida y esperando la espiración.

Son encuadres estudiados, donde la intención del autor habla su propio lenguaje, acotaciones que caen cuesta abajo hasta encontrar la fuerza de la gravedad que los recompone. Son imágenes bajo una constante cascada de planos conjuntos, donde un cuerpo de mujer se rodea de los elementos de una habitación que pasa a ser el organismo que lo deforma y mutila, que lo absorbe y lo convierte, renegando la identidad de una víctima en su lenta obturación de no llegar a tiempo.

El lenguaje fotográfico de Francesca Woodman trata también de realzar las texturas de cada imagen, de los cuerpos expuestos a las porosidades de las paredes descascaradas del espacio que las aprisionan, elementos físicos y precarios que expelen ciertas temperaturas de frialdad y corrosión. Son fragmentos de realidad que indican pies sobre suelos de madera, corporaciones desnudas entre paredes, huecos y papel de flores rotas y secas. En otras ocasiones la presencia enigmática y sutil de un cuerpo bajo una tela que apenas alcanza a cubrirlo por completo. La iluminación que penetra en estos organismos incuba una fotografía casi fetal que termina por texturizar el objeto apresado en su propia inexistencia. La luz es la única que puede sortear ciertos obstáculos hasta llegar al cuerpo femenino puro, que yace en el escenario como entre medios de tiempos dispares.

Las fotografías de Francesca no parecen ser nominativas, es decir, no transmiten el mensaje de la permanencia de su autor, ni tan siquiera del objeto modelo que le substituye. Son entidades que cruzan la realidad congelada, seres que están pero que desaparecen tras unos breves instantes de materialización.

Al observar las representaciones de Francesca Woodman no vemos una simple desnudez sino el acto de recuperar el cuerpo que acaba de ser alcanzar bajo un aspecto fantasmal. Son mujeres que desaparecen en las imágenes, expresando transformaciones que terminan con el sueño. 

Conforme a los años fueron pasando, Woodman fue dando pistas de su incomodidad con el mundo. De todas las fotografías que se pueden encontrar de ella, sólo unas dejan su rostro al descubierto, siempre bajo una expresión apática y ausente. En base a esa imagen, ella fabricó un doble que fue muriendo lentamente, olvidando su legado a un  cuerpo que poco le importaría que fuese ella. De ahí la importancia del juego con la cámara.

Francesca Woodman situaba su cámara frontalmente, de manera que el punto de vista pareciera estar siempre a la altura donde la mirada nunca está. Con ello quería presentar la idea platónica de las emociones y sus estados. Para conocer la totalidad de su cuerpo, ella trataba de rejuntar todos los sentimientos dispersos y recomponer el rompecabezas.

Si Francesca Woodman decidió poner fin a su paso por esta vida fue porque su tiempo le había desconectado su íntima sincronía. Murió sintiendo el vértigo de la caída, como queriendo ir a buscar su fin mientras su descenso le permitía experimentar una rápida transición entre el descenso y el impacto, entre la caída libre y el fuerte retención del final. Justo en este instante, la cámara se transforma en un símbolo mental que dispara el último soplo de vida.  En su trabajo hay muchas referencias gráficas al escondite y la desaparición, doble metáfora perversa entre una regresión al seno materno y una fuga de la realidad.

Su obra es, por tanto, un potente conjunto de fotografías que exploró el cuerpo humano. La desnudez representa un símbolo que refleja la vida sin los males mundanos, sin las represiones que esconden la intimidad. Asimismo reflejan el complejo problema de la representación del Yo como una exploración interna de los propios miedos y angustia. Sus imágenes se mueven en torno a la relación entre la aparición y la desaparición, entre la sexualidad y la inocencia. En algunos de sus trabajos su cuerpo aparece indefinido, en movimiento, disimulado tras papeles entonados. En otros surge de las ventanas o debajo de mobiliarios, posando con cosas simbólicas o tras indumentarias derrotadas. Lo viejo y lo roto son elementos que envuelven la existencia a un pasado moribundo que ya no volverá. La muerte se alza como una alternativa para recuperar la retrospectiva pérdida: la vuelta al útero.

El trabajo de Woodman se sitúa frecuentemente junto a contemporáneas como Ana Mendieta y Hannah Wike, y con artistas de generaciones posteriores como Cindy Sherman, Sarah Lucas, Nan Goldin y Karen Finley. Todas ellas  mujeres que dialogan fotográficamente con el yo y la representación del cuerpo femenino. El trabajo de Francesca Woodman revela la inusual y coherente visión de una artista que, pese a no llegar a la edad adulta, ha influido considerablemente en posteriores generaciones de artistas. Su legado es de un enorme calibre artístico.

Francesca Woodman probablemente se sintió frustrada porque sus proyectos eran ridículos y absurdos para unos, indescifrables, rechazados e ignorados por otros. Son los avatares de este oficio. Muchas veces se reconoce lo mediocre y no se premia lo genial. Probablemente presa de irritación intentó proyectar su malestar hacia sí misma, sublimando parte de sus desajustes de forma creativa, como muchos grandes artistas incomprendidos suelen hacer. Sus últimas obras parecen orbitar en torno a una radicalización de las estrategias del desplazamiento final, lo que ciertos pensadores existencialistas denominan como punto cero. Harta de soportar esta profunda presión, empezó a cautivarse fotográficamente bajo el velo creativo de la desaparición. Y finalmente logró abrazarla…


Carlos Flaqué Monllonch























Artículo publicado en la revista "Luz y Tinta" número 35 (páginas 71 a 77)